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CAPITULO FINAL

EL MOVIMIENTO HIPPIE

Por: Miguel Sánchez Locatelli y
Cesar Sánchez Torrealva



El fenómeno de la droga en sus términos actuales se remonta al renacimiento del movimiento hippie. En los años sesenta empezaron a aparecer en Estados Unidos nuevas posturas críticas respecto al sistema socio político, que pronto echaron raíces entre un sector de la juventud. Los valores consumistas, las comodidades fáciles y el contenido materialista de las sociedades avanzadas eran rechazados en aras de un ideal diferente.

A la violencia, al individualismo al dinero, al trabajo alienado, se contraponían nuevos valores basados en la solidaridad, el pacifismo, la vida en común y la primacía del placer sobre el trabajo.

Este sector de la juventud reivindicaba, e intentaba implantar un nuevo modo de comunicarse y en una nueva sensibilidad que pronto empezaba a manifestarse con la creación de su propia música, su literatura, su pintura, etc.
Este nuevo espíritu juvenil encontró su apogeo en las grandes concentraciones hippies de los años sesenta.

El rechazo del sistema social adquirió formas variadas, desde las manifestaciones por cuestiones políticas como la guerra de Vietnam, hasta las protestas universitarias contra el sistema educativo. La ruptura con las normas sociales establecidas se materializó en una nueva forma de vestir, de relacionarse y de vivir. Frente a la moral tradicional, se reivindicó el derecho al propio cuerpo, la libertad sexual y el amor libre.

Por un lado, el intento de encontrar nuevos estímulos sensoriales, y el rechazo de las normas culturales y legales vigentes, confluyeron y se aglutinaron en torno a un fenómeno nuevo que sirvió a la vez de desafío a la moral establecida y de medio para ampliar las percepciones y sensaciones físicas.

Este puente lo constituyeron las drogas ilegales, cuyo consumo tuvo en sus inicios unas claras connotaciones de rechazo a los valores establecidos, convirtiéndose en un símbolo para los jóvenes contestatarios que expresaban así su anticonformismo y oposición al sistema. Por otra parte, la droga se convirtió en la señal que identificaba y unía a este tipo de juventud.

Durante la década de los años sesenta las drogas ilegales se convirtieron en un símbolo contestatario y un desafío a la moral establecida. El desencanto y el pesimismo de los años 80 trasformaron ese símbolo en un mero recurso para evadirse de la realidad.

IV.1 El desencanto de la juventud

La década de los sesenta alcanzó su expresión más crítica con la rebelión estudiantil de mayo del 68. Toda Europa se vio sacudida por la nueva ideología de cambio que enarbolaban los jóvenes. Posteriormente, surgieron nuevos caminos en el movimiento de contestación juvenil: uno de ellos fue; por ejemplo la creación de las comunas.

La grave recesión económica iniciada a mediados de la década del setenta agudizo los problemas de toda índole en numerosos países, y la confianza en las posibilidades de ruptura levantada por la juventud de los años 60 desapareció, dejando un impresionante vacío. Los jóvenes comprobaron la capacidad del sistema para soportar la protesta y admitir, deformadas, algunas de sus ideas trasformadoras de las costumbres.

El espíritu de los jóvenes, a comienzos de los 80, era pesimista y el desencanto se había generalizado. Todo ello se plasmó en el llamado pasotismo (actitud que consiste en marginarse por la vía de la pasividad y evitar todo posible compromiso)

Los grandes objetivos de transformación social quedan ya muy lejos. Como resultado de todo ello, ha variado el valor simbólico que la droga tenía para un sector de la juventud.

Los descendientes del movimiento hippie siguen en desacuerdo con el sistema, pero sólo para algunos la droga es un símbolo de lucha. Para otros muchos constituye un mero recurso que facilita la evasión, la huida, aunque continué sirviendo de emblema diferenciador y signo de identificación de ciertos grupos.

IV.2 Realidad actual

El consumo de la droga se ha extendido actualmente a muchas personas y grupos que lo utilizan sin ninguna intención contestataria ni significado revolucionario, sino más bien porque esta de moda o como requisito de progresismo, y fundamentalmente, por la presión a que se ven sometidos los jóvenes por las grandes organizaciones internacionales que producen y distribuyen la droga. Los grandes ingresos que estas obtienen de su comercialización son una poderosa razón para mantener y reforzar su consumo.

Es fácil comprobar que muchos jóvenes que se drogan con frecuencia carecen de razones claras para ello. Sus motivos son ambiguos y simples; toman droga para “estar mejor”. Este consumo es indicativo de la existencia de un malestar entre la juventud, indefinido, pero general. El aburrimiento y la monotonía pueden ser una razón que lleve a la búsqueda del placer fácil, y el descontento general a la búsqueda de la evasión.

Para intentar la superación de estas situaciones, los jóvenes tratan de ampararse en la droga. Sus efectos desinhibidores crean una amplificación de toda la sensibilidad que se materializa en un estado anímico de euforia y relajación.

Las alucinaciones y otros efectos psicológicos permiten al individuo la creación de una realidad ficticia en la que se siente minimamente seguro y tranquilo. No obstante, los jóvenes son consientes de que la droga no resuelve sus problemas ni aporta soluciones definitivas, pero les sirve para aislarse hasta cierto punto de una realidad que les produce frustración.